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Gonzalo Rubalcaba -Diz- PDF Imprimir E-Mail
escrito por julio   
martes, 26 de septiembre de 2006
gonzalo-rubalcaba-dizDisco de escucha difícil, esconde en su interior el sencillo y ya conocido secreto del tiempo: cada nueva escucha desvela matices nuevos y relaciones semiocultas entre unos pasajes y otros. Efectivamente es un disco complejo, lleno de pliegues, de referencias y citas, de cierta aspereza superficial bajo la que se esconde un prolijo estudio de la música de Dizzy Gillespie, que es el destinatario de este disco – homenaje.

Formalmente se trata de una distorsión vanguardista y, como no podía ser de otra forma dado su autor, cubanizada de los temas de Dizzy que llegaron a convertirse en standards (¿alguno no lo hizo?). Donna lee, I remember Clifford, Hot House… el repertorio es completo y acertado. Ahora bien: Esa distorsión, esa revisión absolutamente contemporánea, esa transformación, ¿tiene justificación artística, conceptual? La tiene. Si atendemos a la actitud artística de Dizzy, a su natural desdén por las limitaciones estéticas impuestas por el momento, a su proyección constante hacia nuevas formas de expresión (que encontraban su reflejo hasta en la dimensión técnica de la interpretación), percibiremos enseguida que hay buenas razones para llevar a cabo este proyecto. O por decirlo de una forma más poética, se cuenta con el permiso de Dizzy para la constante actualización de su obra.  No hubiera tenido sentido hacer lo mismo con la obra de Louis Armstrong, que siempre deploró las tendencias del jazz que sucedieron a su obra, llegando incluso a ridiculizar no sólo el sonido del bebop, sino también la indumentaria de sus representantes (entre los que destacaba Dizzy).  En cuanto a los matices cubanos, cabe decir que resultan agradables y quedan explicados por la tradición en la que se halla inscrito Rubalcaba, y además, aportan un sentido concreto al proyecto, pues el homenajeado siempre trabajó con la música cubana y sintió verdadera devoción por algunos de los músicos con que desarrolló esta interesante faceta de su obra.

Tenemos, pues, un concepto rico, una idea válida y hermosa sobre la que se ha hecho un trabajo también soberbio. El pianismo de Rubalcaba descubre nuevos rincones habitables dentro de las añejas propuestas de Gillespie, y los recorre de todas las formas imaginables, escogiendo siempre la más adecuada: desde la morosidad extrema que permite enormes y tensos silencios entre las notas, hasta la intensidad que engaña al oído sugiriendo que hay más de dos manos sobre el teclado. Ron Carter está sencillamente igual que siempre, es decir, impecable – aunque esta vez tiene mucho más mérito porque se trata de una música realmente difícil, hecha casi exclusivamente a base de improvisación sobre la vaga sugerencia melódica del tema versionado-. Y Julio Barreto, baterista entonces poco experimentado, resiste tan difícil prueba con una ejecución que alcanza la excelencia. Se percibe mucha comodidad en su papel y una técnica que, dada su juventud, debe de ser cosa del talento.

Es ciertamente lamentable la escasa repercusión de este disco, que podría atribuirse a lo difíciles, incómodas e incluso tediosas que pueden resultar las primeras escuchas. Rasgo habitual de lo verdaderamente bello es la demora en ofrecerse a los sentidos. Y la música que encontramos en este disco es verdaderamente bella.
 
Gonzalo Rubalcaba (p), Julio Barreto (bat), Ron Carter (b) 
Última modificación ( lunes, 20 de noviembre de 2006 )
 
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